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jueves, 17 de octubre de 2013

El médico alemán

7/10
Wakolda (Argentina-Francia-España-Noruega, 2013).
Dirección y guión: Lucía Puenzo.
Intérpretes: Natalia Oreiro, Alex Brendemühl, Diego Peretti, Florencia Bado, Elena Roger.
Música original: Andrés Goldstein, Daniel Tarrab.
Fotografía: Nicolás Puenzo.
Montaje: Hugo Primero.
Idiomas: Español, alemán, hebreo.
Duración: 93 minutos.







Los buenos modales no lo son todo

Lucía Puenzo nos trae en su nueva película (innecesariamente traducida como El médico alemán) la adaptación de su propia novela 'Wakolda', publicada en 2010. Tras su incursión en el cine con la multipremiada XXY (guionada a partir de una historia breve de Sergio Bizzio), la argentina ya hizo esta misma operación con El niño pez, que publicó en 2004 y dirigió en 2009. Puenzo, en definitiva, se encuentra cómoda en el universo transmedia, versionando sus propias ideas y adaptándolas a distintos formatos.

Josef Mengele (acertadamente apodado el ‘ángel de la muerte’) fue uno de los más destacados altos cargos de las tropas de la Alemania nazi, cuya fama le llegó por lo controvertido de su figura, que podía entenderse al mismo tiempo como la de un visionario o un sádico. Médico y antropólogo, Mengele inicialmente se dedicó a separar los prisioneros llegados a los campos de concentración en función de su potencial útil (trabajo) o su ausencia (muerte), para llegar después a experimentar con ellos, incluyendo a niños. 

Wakolda ficciona un fragmento de la vida de Mengele a partir de la historia real de su huida a América Latina una vez terminada la guerra, donde murió a los 68 años. Alex Brendemühl interpreta a un Mengele más seductor y misterioso que siniestro, que además nos sorprende por el impecable acento castellano de su personaje, y que sólo deja entrever la envergadura de su mente enferma en puntuales ocasiones. Infiltrado de manera inadvertida en America Latina, el médico alemán se cuela, a base de supuestos buenos modales, en la vida de una familia argentina que, como él, traviesa un momento de importantes cambios: preparar la llegada de mellizos y reabrir una casa de hospedaje heredada, situada en un paraje idílico de la Patagonia argentina. Un paraje que, como les confiesa el propio médico, le hace sentirse como en casa, pues la vista de postal con montañas nevadas que les circunda, bien podría tratarse de los Alpes suizos o bávaros.

Puenzo retoma, aquí de forma más drástica, algunas de las obsesiones que ya podían advertirse en XXY, como la observación del cuerpo humano y el intento de plasmar sus formas, medidas, normas y desviaciones en el papel. También, la fascinación a dos bandas perpetrada entre el médico y su objeto de estudio. En este caso entre Mengele y Lilith, la hija adolescente del matrimonio argentino que presenta problemas de crecimiento y consecuentes vejaciones en el colegio alemán donde estudia, mayormente atendido por jóvenes arios tan intolerantes, que el escenario resulta incluso un tanto paródico.

Con algo menos de frescura que la demostrada en XXY, El médico alemán cuenta de forma convencional una historia compleja; la película entera queda subyugada al desarrollo de la trama y a la economía del relato, por lo que no hay lugar para alardeos ni licencias estilísticas. Sin embargo, una metáfora casi palpable dota a la historia de un interesante subtexto que daría pie a mil debates y la enriquece significativamente. Puenzo se sirve de uno de los rumores de la mitología argentina acerca de los quehaceres de Mengele (que se obsesionó en crear muñecas perfectas) para mostrar el verdadero alcance de la ideología nazi en su camino hacia la perfección biológica y la supresión de la diversidad, aprovechando así mismo para poner en duda las ventajas de la industria frente a la artesanía y, en última instancia, criticar el poder económico que a todo es capaz de ponerle precio.

Júlia de Balle






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