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viernes, 15 de febrero de 2013


No (Chile-Francia-USA, 2012).
Dirección: Pablo Larraín.
Intérpretes: Gael García Bernal, Alfredo castro, Luis Gnecco, Antonia Zegers, Néstor Cantillana.
Guión: Pedro Peirano, basado en la obra de Antonio Skármeta.
Fotografía: Sergio Armstrong.
Montaje: Andrea Chignoli.
Idioma: Español.
Duración: 118 minutos.



6/10

La importancia del audiovisual

Estamos ante una película con habilidades (y deficiencias) muy parecidas a cierto cine político hecho en Estados Unidos. Se toma un elemento adyacente, lo suficientemente atractivo, que sirva como vehículo para retratar la realidad social del momento en cuestión. A veces este tipo de filmes tienen el inconveniente de que pueden quedarse algo cortos en su disección, pero siempre que se haga bien, hay muchas capas en las que poder hablar sobre la situación.

Anda No cercana a Argo, película que habla del mismo cine como improvisada arma política para solventar una situación complicada. En el caso del film chileno, es la publicidad la que decide los designios de un país inmerso en una dictadura. Larraín nos cuenta cómo fue la decisiva campaña electoral que permitió derrocar a Pinochet, sirviendo como canalizadora de las energías de gran parte de un país cansado ya del totalitarismo.

Un trabajo que no oculta su carácter optimista y que puede servir como argumento para aquellos que piensan que las acciones particulares no pueden cambiar el mundo. Cierto es que la ficcionalización de lo contado hace que todo recaiga en solo héroe (la campaña real fue obra de varios ideólogos), pero eso no resta fuerza a un mensaje que aboga por la acción como posibilidad más que factible para el cambio. El film siempre trata de dar su lugar a aquellos que lucharon durante tantos años, si bien lo hace más bien a la ligera.

Como decimos, el estilo Hollywood obliga, y hace que No haga varias concesiones a los trucos mainstream para que el público se identifique aún más con su héroe. Desde mostrar las relaciones complicadas del núcleo familiar (menos mal que Bigelow en La noche más oscura nos ahorra el martirio); hasta las socorridas amenazas, elemento siempre tan efectivo para que el público empatice aún más con el protagonista.

Todo muy bien calculado para no aburrir, y con las justas dosis de humor para hacer de este trabajo algo muy digerible. No podemos negar lo bien contado que está, y que un poco por debajo de la superficie hay algunas lecturas interesantes sobre la condición humana, tanto individual como colectiva. Quizás se quede a mitad de camino, pero algo es algo.


Manuel Barrero Iglesias


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