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martes, 5 de junio de 2012

Los niños salvajes


6/10
Els nens salvatges (España, 2012).
Dirección: Patricia Ferreira.
Intérpretes: Marina Comas, Àlex Monner, Alber Baró, Aina Clotet, Ana Fernández, José Luis García Pérez.
Guión: Patricia Ferreira, Virginia Yagüe.
Música original: Pablo Cervantes.
Fotografía: Sergi Gallardo.
Montaje: Antonio Frutos.
Idioma: Catalán, español.
Duración: 100 minutos.



Paranoid Barrio

Los adolescentes y sus dificultades. Un terreno desde siempre transitado por cineastas de lo más diverso. Entre lo más reciente, un par de referentes que sobresalen de entre todos los demás: Gus Van Sant y los hermanos Dardenne. Patricia Ferreira parece querer abrazar la procelosa senda emprendida por estos, aunque no se libre de cierto aire costumbrista a lo Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998).

El empeño de la autora por querer abarcar el mayor espectro posible va en detrimento de la profundidad de los personajes adultos. Tres matrimonios que representan niveles muy diferenciados de clase social; y en los que la figura de la madre siempre ejerce la comprensión, mientras los padres resultan ásperos. Tampoco se libra el personal docente de los estereotipos. Lo dicho, demasiados frentes abiertos como para profundizar lo suficiente en alguno de ellos.

Si pensamos en el cine de Van Sant, la presencia de adultos se reduce a la mínima expresión, de manera funcional y/o testimonial. En cuanto a los Dardenne, siempre limitan su mirada a un número reducido de personajes, lo que posibilita mayor calado en su retrato. Como tantas veces ocurre, partir de lo mínimo es la mejor fórmula para llegar a lo universal. Pretender hacer una exhaustiva radiografía suele derivar en retratos esquemáticos que solo rascan la superficie.

En Los niños salvajes hay muy buena materia prima. Los tres adolescentes son personajes muy cuidados. Complejos. Desconcertantes. Y, a la vez, muy creíbles. Nos interesan mucho sus vaivenes emocionales. Esa es la vía que tendría que haber explotado Ferreira. Tampoco era necesario que hiciera como Gabriel Velázquez en Iceberg -film en el que no aparece ningún adulto-, pero sí que la directora desaprovecha las opciones más turbadoras de su relato.

Aún es más. La estructura escogida para contarlo denota una clara voluntad de romper con lo clásico. Y así chirrían más los elementos trillados. Estamos ante una propuesta valiente que se queda a mitad de camino. Llena de detalles de mucha calidad, pero que nunca termina de ir todo lo lejos que se propone.


Manuel Barrero Iglesias



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