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viernes, 4 de abril de 2014

Atlántida Film fest: Tom at the Farm

6/10
Tom à la ferme (Canadá-Francia, 2013).
Dirección y montaje: Xavier Dolan.
Intérpretes: Xavier Dolan, Pierre-Yves Cardinal, Lise Roy, Evelyne Brochu, Manuel Tadros.
Guión: Xavier Dolan, sobre la obra de Michel Marc Bouchard.
Música original: Gabriel Yared.
Fotografia: André Turpin.
Idioma: Francés.
Duración: 105 minutos



Luces y sombras en una obra inclasificable

Por Daniel Reigosa

El año pasado Laurence Anyways (producida en 2011 pero que no llegó a España hasta junio del 2013) sorprendía por su irreverencia, rebeldía y frescura. Su jovencísimo director, Xavier Dolan (que acaba de cumplir 25 años), relataba una historia turbadora sobre un profesor heterosexual al que le gustaba vestirse de mujer; y mostraba en su tercer largometraje un estilo camaleónico, exhibicionista, atrevido, con un cierto grado de prepotencia pero, ante todo, honesto. A pesar de la multitud de formas, estilos y referencias de las que hacía gala el director, el film conseguía un cierto equilibrio entre el barroquismo visual, lo morboso de la historia y el romanticismo impostado, para dotarla de un ritmo pausado, pero ágil, en sus casi tres horas de metraje. Una película notable en la que el director parecía estar buscando su propio estilo.

En su cuarto largometraje, Tom à la ferme (2013), Dolan parece haber encontrado ese estilo o, cuanto menos, parece haber dibujado toda la historia bajo el mismo lápiz, despojándose de todo el manierismo excesivo de sus anteriores trabajos. El director canadiense se muestra más seguro de sí mismo en este thiller sicalíptico, en el que la limpieza de la puesta en escena o los trabajados encuadres contrastan a la perfección con la oscuridad de la historia.

Tom (interpretado por el propio Dolan) es un chico moderno (en su amplio sentido de la palabra) que viaja a la Canadá rural y profunda para asistir al funeral de su novio. Una vez allí se instalará en la granja de la familia del difunto, donde conocerá a su madre (desconocedora de la condición sexual de su hijo) y a su hermano Francis (Pierre-Yves Cardinal); un personaje oscuro, violento, obsesivo y manipulador que hará todo lo que esté en su mano para ocultar los “deshonrosos“ secretos a su protegida madre, como si de un eterno personaje de Hitchcock se tratase.

Entre Tom y Francis surgen tensiones, tanto a nivel personal (homofobia, desprecio, subordinación) como sexual. Precisamente es en el desarrollo de estas últimas en las que la narración encuentra sus puntos álgidos y de mayor audacia; transformando los momentos de deseo carnal entre los protagonistas en arrebatos oscuros de violencia por parte de un Francis que lucha contra su propio ser, mientras Tom se somete paulatinamente a los caprichos del hermano amparado en un aparente Síndrome de Estocolmo.

Sin embargo, los continuos, y por veces absurdos e innecesarios, cambios de guión desconciertan en demasía e impiden reconducir la película hacia los terrenos en los que se mueve con mayor soltura. Los excesos, tanto a nivel dramático como argumental, restan veracidad a una historia ya de por si abigarrada y barroca. De lo que podría haber sido un análisis profundo sobre la condición humana en el que se ponen de manifiesto las debilidades y defectos de las sociedades, una defensa de la libertad de opinión o una exhortación del monstruo interior que todos llevamos dentro; se da paso a un melodrama desmedido, a veces ópera decrépita, donde nada parece tener ni pies ni cabeza.


Como ya ocurría en sus anteriores propuestas, el exceso de presencia del director -que parece querer convertirse en bandera de su causa y generación-, junto con la gratuidad de ciertos elementos (a veces formales a veces argumentales), resta fuerza a una historia que deambula entre la genialidad y el narcisismo banal desmedido.


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