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sábado, 11 de junio de 2011

Midnight in Paris

7/10
Midnight In Paris (España-USA, 2011).
Dirección y guión: Woody Allen.
Intérpretes: Owen Wilson, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Corey Stoll, Alison Pill, Tom Hiddleston.
Fotografía: Darius Khondji.
Montaje: Alisa Lepselter.
Idiomas: Inglés, francés.
Duración: 100 minutos.




Nostalgie
(*Antención: Esta crítica puede contener spoilers)


Woody Allen suele acudir al pasado con cierta frecuencia en las películas que dirige. Y en la gran mayoría de las ocasiones, lo hace en una época muy concreta. No es casual que las décadas 30-40, en las que el director pasó su infancia, sean las más visitadas. Bien sea para rendir tributo a la música que no ha dejado de acompañarle durante toda su vida (Acordes y desacuerdos); bien sea para homenajear un estilo cinematográfico concreto (Sombras y nieblas, La maldición del Escorpión de Jade), o al cine en general (La rosa púrpura de El Cairo). Incluso, un ejercicio de pura y dura nostalgia vital como es Días de radio.

Y nostalgia es la palabra clave de Midnight in Paris, en la que Allen vuelve a permitirse un nuevo viaje en el tiempo. Y esta vez lo realiza de forma literal, a través del alter ego interpretado por Owen Wilson, en lo que supone una pequeña variación sobre el clásico judeo-neoyorquino alleniano. Se agradece que en esta versión rubia de la Costa Oeste, Wilson no trate de imitar a Allen. Y se agradece, muy especialmente, la contención con la que aborda el personaje. Tampoco es que su trabajo sea brillante, pero al menos no desentona, ni mucho menos.

Y si los vaivenes nostálgicos de Allen suelen recorrer su infancia, en esta ocasión va un poco más allá, añorando una época que nunca conoció (como hacía en Balas sobre Broadway), dentro de una ciudad que no es la suya. El París de los años veinte se le presenta al protagonista como escape de una rutina en la que el director no se esfuerza mucho en retratar a unos personajes bastante tópicos: prometida banal y egoísta, suegros republicanos, y el insoportable pedante. Los consigue despachar con un par de brochazos, y aún así, conseguir algún que otro buen gag a costa de ellos.

Tampoco falta el eterno tema de la crisis creativa/vital del artista, un asunto presente en la filmografía del director. Recordemos, de nuevo, Balas sobre Broadway. O Desmontando a Harry, en la que también se utilizaban elementos fantasiosos para salir del bloqueo. En aquella ocasión lo hacía a través de los personajes que él mismo había creado, y ahora son sus héroes artísticos los que acuden al rescate. Como lo hacía Humphrey Bogart  en Sueños de un seductor, ayudando al protagonista en su vida emocional. Resulta curioso observar esa recurrencia a seres ficticios de los que necesita ayuda, consejo, o incluso aprobación.

Y es que a estas alturas, todos sabemos que Allen hace las películas, principalmente, para sí mismo. Como terapia, como ejercicio de nostalgia, o como cumplidoras de fantasías. O como en el caso de Midnight in Paris, para todo a la vez. Y al mismo tiempo que combate la falta de imaginación con una sobredosis de ella, se permite el lujo de fantasear sobre cómo hubiera sido conocer a gente como Hemingway o Picasso, entre muchos otros.

Pero como ocurre en algunas de las últimas películas de Allen, la brillante idea inicial no tarda en agotarse. Y tras la primera noche mágica, el resto va decayendo en un desfile desigual, en el que tienen cabida los más dispares (y, a veces, disparatados) retratos. Aunque eso sí, hay dos elementos que consiguen mantener alto el nivel de la película. Por un lado, la deslumbrante presencia de Marion Cotillard, una auténtica delicia. Por otro, el segundo punto de giro, que le sirve al director para que su protagonista ponga los pies en el suelo. Después de tanta fantasía, el momento de lucidez, y la vuelta a la realidad. Es muy romántico aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero la insatisfacción del presente, sería la misma en cualquier otro presente posible.

Película menor, con algunas pinceladas de gran cine. Un divertimento lúdico-cultural, al que le falta mucho rigor, pero al que le sobra mucho encanto. Cosa normal, estando París por medio. 




Manuel Barrero Iglesias



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