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jueves, 20 de noviembre de 2014

Críticas: Matar al mensajero

5/10
Kill the Messenger (Estados Unidos, 2014).
Dirección: Michael Cuesta.
Intérpretes: Jeremy Renner, Mary Elizabeth Winstead, Ray Liotta, Michael Sheen, Barry Pepper, Andy Garcia, Rosemarie DeWitt.
Guion: Peter Landesman, sobre los libros de Gary Webb y Nick Schou.
Música original: Nathan Johnson.
Fotografía: Sean Bobbitt.
Montaje: Brian A. Kates.
Idioma: Inglés.
Duración: 112 minutos.


Goliat contra David

Por Manuel Barrero Iglesias

Estados Unidos es un país que no se cansa de presumir de democracia. El problema de tanto alardeo es que el resto del mundo va a analizar con lupa tus actos, y no resulta tan sencillo eso de respetar las libertades de todos. Menos aún cuando grandes poderes ven peligrar su estatus. Gary Webb fue un periodista que murió en 2004, tras ser encontrado con dos tiros en la cabeza. A pesar de que todo el mundo sabe que aquello fue un asesinato, la policía determinó suicidio. Y a otra cosa.

Pero Estados Unidos también tiene algo muy valioso, y es que tiene una buena cantidad de individuos críticos interesados en airear la suciedad bajo las alfombras. Webb era un ejemplo de ello. Labor que esta película homenajea y continúa.  Eso sí, el film no se enreda con la espinosa cuestión de su muerte, sino que se ocupa de retratar la etapa de su vida por la que mucha gente influyente quería verlo muerto. Un periodista de un modesto medio local que destapa las conexiones entre la CIA y el mundo de la droga, dinero con el que la agencia pagaba sus guerras latinas.

Estamos ante la eterna historia de David contra Goliat. Y aunque el cine nos hace creer que el gigante casi siempre es derrotado, la realidad es bien distinta. David tiene todas la de perder, porque no lucha solamente contra el gigante. También lucha contra los que tienen miedo a Goliat o contra los que le tienen envidia a él mismo. Gary Webb es un periodista que cree en su trabajo, pero sus jefes no quieren enfadar al poder. Y sus competidores lo único que buscan es desacreditarlo. Es esclarecedora la secuencia en la que pronuncia su discuro al recoger el Premio Pullitzer. Una ceremonia en la que apenas hay aplausos, en la que todos miran con recelo a alguien que ha destapado uno de los mayores escándalos de la época. 

La contaminada relación entre medios de comunicación y poder es el gran tema -casi el único- al que Michael Cuesta dedica su entusiasmo. Como es habitual en este tipo de filmes hollywoodienses la vida personal del protagonista ocupa un espacio amplio. Una decisión que puede hacer el relato más "humano", pero con la que se pierde la posibilidad de explorar con mayor profusión las tramas políticas. Ahí le falta algo de valentía a la película, así como en el ya reseñado tema de pasar de puntillas por su muerte. Por lo demás, un sólido trabajo que nos enseña como no siempre ganan los buenos.



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