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lunes, 13 de junio de 2016

Críticas. Green Room

7/10
Green Room (EE.UU., 2015).
Dirección: Jeremy Saulnier.
Intérpretes: Anton Yelchin, Imogen Poots, Alia Shawkat, Callum Turner, Patrick Stewart.  
Guión: Jeremy Saulnier.
Música original: Brooke Blair, Will Blair.
Fotografía: Sean Porter.
Montaje: Julia Bloch.
Idioma: Inglés.
Duración: 94 minutos.

El bosque y sus demonios

Por Luis López

¿Qué puede perder la banda de punk The ain't rights en su gira por antros de la costa oeste? Pues dado que la película se enmarca dentro del género fantástico con aderezo gore, absolutamente todo. Tiene el punk mucho de contestatario. La filosofía Do It Yourself (DIY) refleja una postura de enfrentamiento ante la vida, las normas y la autoridad. En Green Room tienes una banda entera encerrada en el camerino (green room en inglés) en contra de su voluntad, ¿cuánto puede durar eso antes de que todo estalle?

Jeremy Saulnier, director de obras como Murder Party o Blue Ruin, consigue un divertimento. Hace 15 años la hubieras alquilado para verla un viernes por la noche con tu pareja y/o amigos. Entretiene. Y eso es mucho. Destaca la facilidad de Saulnier para pasar de la pesadilla al humor negro. Aun mamando de los clásicos residentes en el imaginario colectivo, léase John Carpenter o el Peter Jackson más bisoño, rezuma originalidad y descaro para transitar sobre ellos añadiendo su pizca creativa.   

La trama se desarrolla en un bosque del ya por sí boscoso Oregón, donde la naturaleza aún no ha cedido su hegemonía al hombre. Concretamente dentro de una sala de conciertos tipo búnker que atrae a los mejores especímenes del estado. La sensación de claustrofobia reforzada por unos personajes que apenas dan referentes o puntos de apoyos, tan tupidos y difíciles de penetrar como el paisaje, acompaña todo el metraje. El espectador carece de información sobre ellos, avanza a ciegas al igual que los protagonistas por la sala de conciertos. A veces un pino es un pino y un ejecutor un ejecutor, parafraseando a nuestro presidente en funciones. Pero esta simplicidad y llanura contiene algo perturbador en sí.


Una película cuyos ingredientes principales son punks, nazis, perros asesinos y Patrick Stewart merece la pena por el mero hecho de atreverse a mezclarlos en noventa minutos. Si a esto le añades un homenaje en directo a los Dead Kennedys’, en una de las mejores escenas del filme, el resultado no hace si no mejorar.



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